MUJER MARROQUI Y EMPRENDORA A LOS CUARENTA HUFFINGTONPOST.
La calle donde vive Fátima, Asilah, Marruecos. Todas las fotos por la autora.
Fátima va andando hasta el centro de la ciudad, donde la compañía de teléfonos
Maroc Telecom tiene
su oficina. Ella no es secretaria ni contable. No trabaja en el
servicio de atención al cliente, como la mayoría de sus compañeros. Su
jornada laboral empieza cuando termina la de los demás. No tiene llave,
pero el guardia se seguridad la conoce, son ya muchos años, y cuando
llega a la puerta, la deja pasar sin más. ¿Todo bien? ¿Tu marido bien?
¿Los niños bien?, le pregunta. Y aunque en casa las cosas no vayan para
tirar cohetes, aunque cueste llegar a fin de mes y este invierno no
pueda comprarle ropa nueva a los críos, ni zapatos ni libretas para el
cole, aunque su marido esté enfermo y sin trabajo, ella responde "bien,
todo bien" y entra en la oficina.
Fátima enciende las luces, se
saca la chaqueta y abre el cuartito donde guarda sus cosas. Lo primero
que hace es ponerse la bata y luego colocarse bien el pañuelo, que en la
calle le sirve para ocultar el pelo y en la oficina, sin embargo,
cumple otro propósito. Aquí se lo anuda diferente, más ceñido, como si
fuera un turbante. Sólo así consigue tener la frente despejada. Cuando
el esfuerzo de su cuerpo provoque las primeras gotas de sudor, la tela
evitará que estas le resbalen por la cara. Necesita tener la vista
despejada. Cuando se haya ido, todo debe quedar impoluto. Fátima es la
mujer de la limpieza. Éste es su trabajo. O lo era hasta hace poco.
Ahora
Fátima prácticamente no sale de casa en todo el día. Por la mañana se
levanta y prepara el desayuno para sus chicos; eso no ha cambiado.
Después acompaña a Rayan a la escuela. Es el más pequeño, acaba de
cumplir seis años y está aprendiendo a leer. Fátima lo deja en clase y
deshace el camino andado. Entonces empieza su jornada de trabajo. Cuando
Rayan tenía dos años, la familia inició un gran viaje. Para hacerlo, no
tuvieron que coger el avión, ni el barco, ni tan siquiera el coche que
no tienen. El suyo ha sido un largo camino pero lo han recorrido sin
moverse del barrio.
La pastelería de Fátima, que lleva el nombre de su hijo Rayan.
Tres
por dos. Cinco metros cuadrados. Esto es exactamente lo que Fátima y su
marido han ganado. Parece poco. Pero no lo es. Este local diminuto es
la clave de su futuro, de la educación de sus hijos y de una vejez sin
preocupaciones. Este local es un sueño hecho realidad. Aquí me reciben
dispuestos a contarme su historia. Fue a través de un familiar, dice
ella. En Asilah todos se conocen, es de esas ciudades donde la mejor
manera de comunicar algo sigue siendo el boca a boca. Situada en el
norte del país, a tan solo cuarenta minutos de
Tánger
por autovía, Asilah es una ciudad costera, que vive del turismo. En
Asilah no hay industria. La vida no es fácil. Y en invierno, peor. Los
hombres trabajan como albañiles o pescadores, los que tienen suerte de
tener un empleo. Las mujeres se quedan en casa.
A pesar de que
cuenta con siete escuelas primarias y un instituto, las niñas abandonan
los estudios antes de terminar. Muchas viven en aldeas y han de caminar
cinco kilómetros para asistir a clase -en la zona no hay transporte
público-. Sus padres tienen miedo de que les pase algo y además tampoco
le encuentran el sentido. Si ya saben leer y escribir, sumar y restar
¿para qué necesitan más? Esa es la mentalidad, aunque poco a poco las
cosas van cambiando.
Hacía años que Fátima había dejado la
escuela, pero un día se enteró de que iban a dar un curso de repostería
en la ciudad. Ella ya sabía hacer pasteles. Se lo enseñó su madre, que
lo aprendió de su abuela, que a su vez lo aprendió de su bisabuela. En
Marruecos todas las mujeres saben hacer pasteles. Pero esto era
distinto. Era un curso de repostería profesional, con un diploma
reconocido por el
Ministerio de Educación, con los
materiales subvencionados y por el que no tenía que pagar absolutamente
nada. Lo único que tenía que hacer -si estaba interesada y Fátima lo
estaba mucho-, era ir y apuntarse. Pero antes debía convencer a su
esposo.
En
Marruecos las mujeres no hacen nada
sin el consentimiento de los hombres. Padres, maridos, hermanos. Los
hombres deciden, las mujeres acatan órdenes. El suyo no quería que
fuese. Mejor quédate en casa, le dijo. Pero fue tal el empeño que ella
puso en convencerle que al final cedió. Y Fátima se apuntó. Así fue como
casi treinta años después de dejar la escuela, Fátima volvió a recibir
formación. Aprovechó bien el tiempo invertido. Casi quinientas horas.
Más de seis meses aprendiendo los trucos de un maestro pastelero.
Doscientas horas de prácticas obligatorias. El curso fue un éxito de
convocatoria. Muchas chicas se apuntaron. Pero Fátima fue de las pocas
que supieron sacarle provecho. Algunas empezaron pero no terminaron.
Otras empezaron y terminaron pero luego volvieron a sus casas y se
olvidaron. Otras empezaron, terminaron y se pusieron a trabajar pero
rápido se cansaron de levantarse a las seis de la mañana. Esta es una
profesión que exige madrugar y Marruecos un país al que le gusta
levantarse tarde; hay costumbres tan arraigadas que cuestan de cambiar.
Fátima
no es como la mayoría. Fátima tiene sus propios sueños. Ganas de
prosperar. A los doce años dejó de ir a la escuela. No le dieron la
oportunidad de continuar y ahora no la quiere dejar escapar. Fátima sabe
que sólo si consigue tener un diploma podrá dejar de fregar suelos. A
ella lo que le gusta es cocinar. Y se le da bien. Así que decide que
hará el curso.
Durante los seis meses siguientes, Fátima amasa los
pasteles por la mañana y limpia las oficinas por la tarde. Son jornadas
largas. Extenuantes. Pero Fátima no se queja. Está aprendiendo a hacer
cruasanes, galletas, pizzas,
briwats de pollo y pescado,
infinidad de pastas y dulces marroquíes. De almendra, de pistachos, de
nueces, rellenas de dátiles, con sabor a coco o a arándanos. A veces
llega a casa con los brazos destrozados. Necesita hacer mucha fuerza
para que la masa quede bien. La presión con las manos, el trabajo de los
dedos, la tensión en los hombros... Por la noche, cuando se acuesta,
siente un hormigueo recorrerle todo el cuerpo. Pero a Fátima no le
importa. Está contenta. Y así, sin pensarlo demasiado, se embarca en
algo que sólo unos años antes le hubiera parecido impensable. ¿Y si en
lugar de trabajar para otros montara yo mi propia empresa?, se dice en
silencio en esos minutos que preceden al sueño.
Fátima y su marido.
Hoy
la he conocido y lo primero que me ha mostrado es una sonrisa
desdentada. Tímida. Sí. Pero también satisfecha. Como queriendo decir
pero sin decirlo: Mira lo que he conseguido. Mira hasta dónde he
llegado. Mientras ella habla su marido la escucha embelesado y sonríe
orgulloso. Han hecho un pacto, dice Fátima: "Yo me encargo de hacer los
dulces y él pone las verduras en la olla". Los dos se ríen y, cuando ven
mi cara de extrañeza, me lo aclaran como quien tiene que explicar una
obviedad: "Si yo estoy trabajando para la tienda, alguien debe ocuparse
de hacer la comida para la familia. En casa quien cocina es él".
Hubo
un tiempo en que el marido de Fátima trabajaba de guardia de seguridad.
Ganaba doscientos euros mensuales, pero un día se enfermó. Una vez
recuperado, decidió ayudarla con el negocio. ¿Cómo es trabajar con tu
marido?, le pregunto. Y ella sonríe con la mirada y contesta con un
escueto: "Me gusta". ¿Qué hace él?. "Atiende a los clientes, coge los
pedidos, me pasa los encargos y guarda el dinero".
Dice Fátima.
Ojos risueños, algunas arrugas de expresión y dos pulseras que tintinean
cada vez que mueve los brazos. Y él, ojazos azules, dentadura de un
blanco radiante, sonríe complacido.
Ahora la pastelería está
cerrada. Sólo la abren en verano, el resto del tiempo trabajan por
encargo. Por eso, las estanterías están vacías. El único rastro de vida
es la foto del rey colgada en la pared; menester -no escrito pero
indispensable- para cualquier negocio. Son sólo cinco metros cuadrados,
pero albergan más de seis mil euros en material. Un horno profesional y
dos vitrinas para conservar en frío, precisamente esta mañana han
recogido la segunda. Para traerla hasta aquí, han tenido que alquilar un
motocarro. No es barato, pero es lo único que han tenido que pagar de
su bolsillo, el resto se lo ha donado la fundación
CIDEAL.
Esta
ONG lleva más de veinte años trabajando en el norte de
Marruecos.
Su objetivo: ofrecer formación a la población desfavorecida. Formación
gratuita para que las personas -en su mayoría mujeres- puedan mejorar su
calidad de vida. Este proyecto de formación y empleo en Asilah se
inició en el 2011 con apoyo de la
Cooperación española.
En este tiempo han ofrecido cursos de peluquería, estética,
secretariado, confección e informática. Por las aulas han pasado casi
quinientas personas, de las cuales muchas han salido con empleo y ocho
han montado su propio negocio. Parece fácil, no lo es en absoluto. Son
personas vulnerables. Con escasa formación. Mujeres en su mayoría. Pero
el caso de Fátima demuestra que es posible, ella sólo ha necesitado un
empujoncito.